ANATEMA DE LOS EXPERTOS QUE SON DEMASIADO EXPERTOS

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“Pensar bien, sentirse bien”

WALTER RISO,

«Los expertos tienen cara de expertos y eso los hace inconfundibles.   Son personas experimentadas que experimentan lo ya experimentado hasta volverlo habitual, circunscrito, eficiente y automático;  mecánico diría Krishnamurti.

Los expertos nunca andan solos.   Siempre están acompañados por novatos que aspiran a ser expertos y alguna atractiva mujer que el experto apadrina por sus dotes intelectuales especiales.   Iniciados:  hijos pródigos del maestro que derrocha su sapiencia, como quien no quiere y no tuviera mas remedio que dejar descendencia.   La huella del saber, el efecto piramidal del que esta arriba, en la punta, y riega de saber hacia abajo, a los neófitos.   No es la ley del gallinero, pero se le parece.

Los expertos siempre nos recuerdan que no somos expertos.   Cuando el experto considera que la pregunta que alguien le formuló es poco inteligente, banal u obvia, su respuestas es sutilmente demoledora:  (a) sonrisa de conmiseración, (b) mirada escudriñadora teñida de paternidad responsable, y (c) la manifestación de un enunciado en tono suave, casi hipnótico:  “No, no es así…. Se lo explico de una manera mas sencilla…”.

Los expertos caminan despacio, inclinan un poco la cabeza hacia el lado como si estuvieran absortos en el apasionante mundillo de su intrincada mente.   Dicen que no quieren parecerse a los sabio griegos, pero lo intentan.   Les fascinan los corredores largos y frescos de las universidades, donde se demoran exageradamente para ir de un extremo al otro.

Los expertos son muy especializados, es decir, han singularizado su ciencia hasta volverla hiperconcentrada y quizás por ello fruncen el ceño cuando la vida no coincide con sus esquema.   No hay nada menos holistico que un experto, incluso los expertos en temas holisticos.

Los expertos saben qué opinión es verdadera y cuál no, dónde se encuentra la información que vale la pena, qué gustos son los adecuados, qué hay que leer, qué hay que comer, dónde hay que ir, quién es bello, quién es feo, cómo debemos vestirnos y desvestirnos, qué películas ver, dónde invertir, qué casa comprar, en fin, gracias a Dios saben qué es lo que nos conviene.

Como es natural, a los expertos les atraen otros expertos.   Las tertulias con sus iguales conforman el espacio natural de competencia donde cada quien trata de superar al otro en inteligencia o información.   Estas reuniones son inescrutables, tórridas e ingeniosas: abunda la chispa, el apunte oportuno y la sagacidad actualizada.

Los expertos tiene  un toque de timidez incipiente, una forma de cinismo ancestral que los hace fluctuar graciosamente entre lo impotable y lo ameno.

Los expertos siempre tienen algún galardón, premio o mención otorgada por otros expertos, que los destaca de la mayoría de los ciudadanos normales.   Cuando alguien les recuerda el galardón, ellos apelan a la virtud de la modestia:  o asienten con un gesto de resignación (“Es verdad, me descubrieron…”) o recurren a una forma de  humildad que haría sonrojar al propio Aristóteles (“No fue nada…”).

Los expertos siempre citan a diferentes expertos famosos, que por lo general ya están muertos, o a sus amigos que están vivos y que también los citan a ellos.   Este sistema cerrado de admiración mutua de ninguna manera es una muletilla que utilicen para sentirse más seguros, que va, sino el rebosamiento de la ilustración, la doctitud en acción.   El saber se desborda per  se y no hay más remedio que regar cultura, regalarla al mundo.   Los expertos no saben que no saben contar chistes, por lo tanto los cuentan.   En general, son aburridos y con la gracia de una marmota.   Pero ese aburrimiento no debe subestimarse, su tedio es considerado por ellos como existencial, elegante, erudito: reminiscencias de Schopenhauer.

Aunque no hay pruebas fehacientes  al respecto, se dice que los expertos suelen hablar solos en las noches de luna, usan calzoncillos a cuadros pasados de moda, retienen los estornudos y los eructos, adoran las pipas inglesas, son pésimos amantes y leen revistas de modas a escondidas.

También se dice que cuando llegan a su casa, en la mas absoluta soledad y sin mas testigos que su atiborrada conciencia, se desploman del cansancio, hastiados de saber tanto.»

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